Conoce el primer libro de vampiros de la historia

Un libro vibrante

A mediados del siglo XVIII, un erudito benedictino francés, Augustin Calmet, publicó un libro sobre los “resucitados” que salen de sus tumbas para alimentarse con la sangre de los vivos. Calmet era abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en la región francesa de Lorena. Nacido en Mesnil-la-Horgne, cerca de Commercy, en 1672, murió en París en 1757. Gran erudito, autor de un monumental comentario bíblico (compilado en 23 tomos), se interesó pronto por el mundo de las apariciones. Gracias a sus relaciones personales con diversos clérigos, misioneros y campesinos de aquellos remotos territorios acumuló la suficiente información y testimonios como para escribir dos volúmenes: Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las almas de los difuntos y Disertación sobre los redivivos en cuerpo, los excomulgados, los upiros o vampiros y los brucolacos.

«Todo un festín para los aficionados », señala el escritor Luis Alberto de Cuenca, quien ha puesto el prólogo al Tratado sobre los vampiros , un volumen que refunde los dos estudios publicados por el fraile benedictino y que atrajo la atención de Feijoo y Voltaire. «Sin la aportación de Calmet, Bram Stoker no habría podido escribir su célebre Drácula (1897)», apunta Luis Alberto de Cuenca.

El vampirismo, género que ha vuelto a ponerse de moda gracias a la serie literaria Crepúsculo , de la norteamericana Stephenie Meyer, «goza de una enorme salud editorial», asegura el leonés Jesús Egido, editor de Rey Lear. «Nos parecía que ahora que los vampiros han vuelto a los escaparates, era fundamental acudir a la fuente primera de un mito que parte del romanticismo y engancha con la cultura pop». Ilustrado con medio centenar de dibujos, pinturas y grabados, la cuidada edición deTratado sobre los vampiros inaugura un nuevo sello, Reino de Goneril, dependiente de Rey Lear.

Una fantasía que parece real

En algunas culturas, un cadáver desenterrado era considerado vampiro si su cuerpo aparecía hinchado y le salía sangre de la boca o la nariz. También si sus uñas, pelos y dientes eran más largos que cuando había sido enterrado. Existen numerosos y variados rituales que se utilizaban para identificar vampiros. Uno de los métodos descrito por Calmet para localizar sus tumbas consistía en guiar a un muchacho virgen montado en un caballo -“también virgen- a través de un cementerio. El caballo se negaría a avanzar cuando encontrase la tumba de uno de ellos.

Según las creencias populares, los vampiros tienen poder para transformarse en insectos, ratas, lobos o en niebla. Aunque la forma más divulgada es la de murciélago. En Transilvania (Rumanía) se los describe como flacos, pálidos y de larguísimas uñas. En Bulgaria se les puede reconocer por poseer un solo agujero en la nariz. Estos seres no toleran el ajo ni las rosas silvestres. Al tener una naturaleza demoníaca, tampoco soportan la presencia de la cruz cristiana ni ningún símbolo religioso. Son vulnerables a la luz del sol y a las corrientes de agua. Carecen de sombra y de alma y no se reflejan en los espejos. Se alimentan primordialmente de la sangre de sus víctimas. Son seductores y lujuriosos, por lo que pueden embarazar esposas. Algunos expertos -˜vampirólogos-™ sostienen que los vampiros son impotentes. Al no poder copular, se vengarían (excitarían) clavando sus afilados caninos en el cuello de las damas.

«Ilustrado y escéptico, el padre Feijoo -“escribe Luis Alberto de Cuenca en el Prólogo- compara el caso del vampirismo al de la brujería y hechicería de los siglos anteriores, en los que todo el mundo veía un hechicero en su vecino y una bruja en aquella mujer que despertaba deseo». Y añade la siguiente cita del padre Feijoo: «Entre los aterrados con esas vanas imaginaciones, habrá algunos a quienes el continuo pavor vaya debilitando y consumiendo hasta hacerlos enfermar y morir, y estos serán aquellos de quienes se dice que los vampiros le chupan la sangre. Tal vez el vampiro que se sienta a la mesa donde hay convite será un tunante que, sabiendo las simplezas de aquella gente, en el arbitrio de fingirse vampiro halla un medio admirable para meter la gorra».

¿De dónde vienen los vampiros?

Los origenes

A pesar de que fue el escritor Bram Stroker el que utilizó la imagen del vampiro “chupasangre” en su libro Drácula, el mito ha subsistido como sinónimo de muerte y enfermedad en varias partes del mundo. El auge de este mito se dio en Europa, en los siglos XVII y XVIII.

Los demonios o espíritus malignos que eran capaces de vencer a la muerte y alimentarse con sangre humana, han subsistido en mitos de la antigua China, en la Grecia clásica, en la India, entre los egipcios, los mongoles, los gitanos y hasta en el Talmud. Estos seres han estado presentes en todas las culturas desde tiempos inmemoriales debido a que representa la necesidad humana de vencer a la muerte consiguiendo el don de la inmortalidad.

En la Europa bizantina el cristianismo ortodoxo convirtió las creencias paganas de “inmortalidad” en una herramienta para la conversión. De esta forma si la persona fallecida había cometido perjurio u homicidio sin arrepentirse, o incluso los suicidas, que rechazaban por propia voluntad el “don” de la vida,  podría sufrir la maldición del vampirismo.  También podían sufrirla aquellos difuntos que no eran enterrados siguiendo los rituales religiosos pertinentes, los hijos ilegítimos que nacían muertos y sin la redención del bautismo y hasta aquellos cadáveres sobre los que desafortunadamente les saltaba un gato.

A pesar de que en la Edad Media había muchísima superstición, que incluye la cacería de brujas, no existen registros sobre vampiros.  Estos empiezan a aparecer a finales del siglo XVII y a mediados del siglo XVIII, con la aparición de libros que hablan sobre estos seres. En 1746, el benedictino Augustin Calmet, decía que los vampiros se conocían desde hace 60 años y que eran populares en Hungría, Moravia, Silesia y Polonia. En estas tierras surge la palabra “vampiro”,  la cual tiene origen magiar y estaba relacionada con unos seres que se aparecían en periodos de pandemias o graves enfermedades. Hay que recordar que en Europa hubo grandes epidemias desde finales del siglo XVII hasta el siglo XIX, por lo que siempre el vampirismo estuvo relacionado con enfermedad y muerte.

Extraños rituales

Debido al escaso conocimiento sobre virus y bacterias, las personas de aquel entonces no podían entender el porqué tantos morían y por ello, explicaban el fenómeno con el vampirismo. En el 1733 el erudito John Heinrich escribió “Los vampiros salen de noche, atacan a las personas, les chupan toda la sangre del cuerpo y las matan. Acosan a hombres, mujeres y niños por igual, sin importarles edad ni sexo. Los que caen bajo su maligna influencia se quejan de asfixia y de absoluto desánimo, y expiran al poco tiempo”.

Una extraña costumbre era la de enterrar a los muertos a poca profundidad. En Rumania desenterraban a los muertos cada cierto tiempo para probar si se había convertido en vampiros. Con los niños se hacía a los tres años de su muerte, con los jóvenes a los cinco años y con los adultos, a los siete.  Si el cadáver no estaba descompuesto lo atravesaban con una estaca o le arrancaban el corazón que quemaban con carbón de leña o lo hervían. Este “jugo” lo daban a beber a gente enferma o se lo servían a los niños y animales para protegerlos. En ocasiones, también los decapitaban y por si acaso había que “quemar su cuerpo hasta que quede reducido en cenizas”

En 1801 el obispo Sirge pidió al príncipe de Valaquia que los campesinos dejaran de desentarrar muertos, por lo que la práctica dejó de hacerse. Por tanto, el vampirismo sólo fue una forma de explicar las epidemias, un deseo de vencer a la muerte y el miedo de no tener una explicación lógica que justificara las terribles epidemias de aquel entonces.

El grito del vampiro

Más de uno se llevó un susto cuando luego de clavarle la estaca al muerto, este lanzaba un terrible alarido, como si estuviese quejándose. Para aquellos era la prueba definitiva de que el muerto era un vampiro, pero en nuestros días sabemos que ese “grito” era producido por los gases en descomposición que se habían acumulado en los pulmones y que se liberaban a través de la garganta, produciendo ese sonido