Los colmillos de Drácula, un invento del cine

Cualquier disfraz de vampiro que se precie ha de tener obligatoriamente una capa oscura, uñas largas, la tez blanca y, por supuesto, una dentadura con colmillos largos. Pero el lector se sorprenderá al conocer que, hace 60 años, a nadie se le hubiera pasado por la cabeza dotar de llamativos dientes caninos a ningún chupasangre.

El origen de la imagen icónica de vampiro hay que buscarlo en Hollywood y, más concretamente, en el actorChristopher Lee. Él fue el primero de los dráculas más famosos del cine se calzó los colmillos para dar una imagen más terrorífica, pese a la dificultad que suponía para un actor poder vocalizar con ellos en la boca. Afortunadamente para él, en «Drácula» (1958), la primera película que protagonizó con este papel, solo tenía trece líneas de guión.

Para ser justos, el primer actor en colocarse esta icónica dentadura fue el turco Atif Kaptan en su «Drakula Istanbul’da» (en la imagen de abajo), una de las primeras producciones de terror en Turquía, que data del año 1953 y que ya adelantaba la tendencia dental -un tanto rudimentaria- en cuanto a filmes de vampiros, pero que no tuvo repercusión más allá de las fronteras otomanas.

¿Qué dicen las novelas?

La literatura vampírica, en la que se inspira para sus personajes el cine de Hollywood, ya citaba en el siglo XIX la existencia de dentaduras poco frecuentes en estos monstruos nacidos de la imaginación humana. Porque, según las novelas clásicas, los vampiros poseen dientes para poder morder a sus víctimas, en las que suelen dejar dos pequeñas incisiones en el cuello.

«Varney el vampiro» (1845) fue la novela que marcó muchas de las características de estos seres demoniacos: su protagonista poseía fuerza sobrehumana y poderes himnóticos, además de beber sangre para recuperar su energía vital. Pero si nos fijamos en sus dientes, todos ellos -caninos e incisivos- aparecen descritos como «similares a colmillos». Luego, Bram Stoker ahondó en la idea y terminó de consolidar la imagen del vampiro como un ser con todos los dientes afilados y puntiagudos.

En este punto, la dentadura tiene una importancia fundamental a la hora de contar la historia de los vampiros. Y hay una teoría para explicar su origen: «Los dientes afilados que entran en la piel de la víctima, normalmente una mujer, se explica por la misoginia del propio Stoker», apunta en conversación con ABC Javier Pulido, doctor de la Complutense y autor del libro «La década de oro del cine de terror español». Este elemento dental es el complemento perfecto para un monstruo que representaba «la decadencia de la sociedad victoriana y el miedo a enfermedades como la sífilis. Es un mal exterior que intentan romper desde fuera el status quo burgués», relata Pulido.

Dientes, dientes…

Con las novelas de Stoker en pleno auge llegó el invento del cine y las primeras adaptaciones no tardaron en llegar. Sin embargo, estos vampiros primigenios no acertaban a ponerse colmillos. Uno de los Drácula más famosos de la historia del cine, Bela Lugosi, no mostraba más que una dentadura humana normal y corriente. Nosferatu (1922), el vampiro alemán, tenía dos incisivos prominentes, además de una desigual mandíbula en la que le faltaban varias piezas dentales.

Hubo que esperar hasta el año 1958, con el citado Christopher Lee, cuando se vistió a Drácula con unos lustrosos y alargados colmillos, fabricados por el técnico dental Sean Mulhall. Muy diferentes de los que luego se vieron en el cine español, a veces fabricados con patatas cortadas para simular este maquillaje, como explica Javier Pulido.

Desde entonces la industria audiovisual ha fabricado vampiros con todos los dientes afilados («Supernatural»), sin ninguno prominente («Crepúsculo») o con los colmillos cambiados de sitio, como en la serie «True Blood». Merece la pena pararse en este último caso porque inventaron con gran éxito una nueva ubicación para este arma letal. Y lo justificaron.

«Creamos unos colmillos retráctiles, que se alojaban en la boca y, cuando el vampiro estaba en peligro o a punto de comer, se colocaban en su sitio», explica Alan Ball, creador de la serie. «Luego los colocamos en los incisivos laterales, porque funcionan mejor y son similares a los de serpientes como la de cascabel».

«Los caninos -colmillos- eran muy típicos y masculinos», explicaba también el dentista Clint Herzog a la revista E!. «Colocándolos al lado, en los incisivos, que son dientes más femeninos, otorgan a los vampiros de True Blood un look mucho más agresivo, que encaja perfectamente a sus personajes».

Las mejores películas de vampiros

“Horror de Drácula” (1958)

Dirigida por el director inglés Terence Fisher y producida por la productora Hammer, esta obra maestra absoluta del cine de terror lanzó a la fama al actor Christopher Lee, quien personificó aquí por primera vez al conde Drácula. La película, tras su estreno, tuvo un éxito inmediato, debido a su innovadora combinación de terror, fantasía, romance y sexualidad, además de sus escenas sangrientas explícitas. Gran parte del éxito del film se debió al contrapunto protagónico que Lee, con su metro 96 de estatura y su apostura imponente, tuvo con el enjuto actor inglés Peter Cushing, quien personificó con maestría a su antagonista, el enérgico doctor Van Helsing. El enfrentamiento final entre los ambos adversarios, en uno de los salones del castillo del vampiro, es de antología. George Lucas, creador de “Star Wars” y gran fanático de los películas de la Hammer, homenajearía a esta dupla protagónica incorporando a sus dos protagonistas en su inolvidable saga especial. Peter Cushing interpretó a Grand Moff Tarkin en “La Guerra de las Galaxias” (1977), mientras que Christopher Lee encarnó al Conde Dooku en “El ataque de los clones” y “la Venganza de los Sith”. “Horror de Drácula”, al contrario que el inocuo vampiro encarnado por Bela Lugosi en “Drácula” (1931), entró en la historia del cine de terror porque nunca un vampiro lució tan diabólico (su maléfica estampa, con el cabello peinado hacia atrá, los colmillos acechantes y sus ojos inyectados en sangre siguen causando más de una pesadilla) y exudó tanto poder sexual sobre sus femeninas víctimas. Mérito absoluto de Christopher Lee, de un guión eficaz y de la acertada dirección de Terence Fisher, que facturó aquí su mejor película.

“Nosferatu, el vampiro” (1979)

Escrita y dirigida por el director alemán Werner Herzog, esta película fue concebida como una suerte de homenaje a la película anterior, una estilizada nueva versión del clásico dirigido por Murnau en 1922 (aunque esta vez sí los personajes pudieron utilizar los nombres de la novela original). Esta cinta, que fue muy bien recibido por la crítica y disfrutó de un relativo éxito comercial, se caracterizó por su lograda atmósfera de horror, matizada por una fúnebre música, y por darle un mayor énfasis a la trágica soledad del vampiro. El “Drácula” encarnado aquí por el actor alemán Klaus Kinski (quien, al igual que Max Schreck, luce un traje negro, la cabeza calva, los dientes de rata y uñas largas), es una patética y desesperanzada figura fantasmal, agobiado, condenado a la inmortalidad y deseando algo de amor que no llegará nunca. Entre las escenas más recordadas de esta película se cuenta la escena cuando el conde recibe y ataca en su castillo a Jonathan Harker (encarnado por el actor alemán Bruno Ganz, quien años más tarde personificaría a Adolf Hitler en la elogiada cinta “la caída”), la secuencia de miles de ratas tomándose las calles y los espacios públicos de una ciudad alemana y la escena final, cuando la belleza y la pureza de Lucy (encarnada por la bella Isabelle Adjani) le hacen olvidar a Drácula la inminencia de la llegada del amanecer. En un giro final novedoso y escalofriante, el vampiro finalmente muere, pero Jonathan Harker, convertido ahora un vampiro, se encargará de propagar esta “enfermedad” por otras ciudades de Europa.

“Drácula” (1992)

Dirigida por el director Francis Ford Coppola, y protagonizada por el actor inglés Gary Oldman en el rol del mítico conde, esta película es considerada la mejor adaptación jamás realizada a la obra de Bram Stoker. Con un presupuesto de 50 millones de dólares, una cantidad bastante ingente para una película de terror, la cinta terminaría recaudando más de 215 millones de dólares y ganando tres premios Oscar (mejor diseño de vestuario, mejor maquillaje y mejor edición de sonido), además de significar el retorno al éxito de Coppola, quien había sufrido sonoros fracasos comerciales (mas no de crítica), con cintas como “Apocalipsis Ahora” y “El Padrino III”. El argumento es bastante fiel a la novela: En el siglo XIX, Jonathan Harker, recientemente recibido como abogado, debe viajar hasta Transilvania, para que el conde Drácula firme unos papeles referentes a unas propiedades que acaba de adquirir en Londres. El único inconveniente es que el conde no es quién dice ser, pues en realidad es un vampiro y ex noble rumano que perdió a su amor cuatrocientos años atrás. Y, para desgracia de Harker, su novia es un vivo retrato de ella. Así, Drácula decide viajar hasta la capital británica para conquistarla, dejando una estela de sangre y horror en su camino. La cinta destaca por su lograda ambientación, sus buenas actuaciones (especialmente de Oldman y el gran Anthony Hopkins, como un excéntrico profesor Van Helsing), sus logrados efectos especiales y algunas escenas de antología, como el duelo final contra el vampiro o la parte en que Jonathan Harker es vampirizado en el castillo del conde por las tres seductoras novias de Drácula, una de las cuales era interpretada por la bella actriz italiana Mónica Bellucci.